Después de nuestro viaje de más de 60 horas llegamos a Tahití, donde pasamos poco más de un día y dos noches y a donde volveremos después de visitar otras 5 islas. Por ello dejamos Tahiti para el final y comenzamos por Moorea, isla vecina de Tahiti a la que se llega en un ferry de 45 min. O un vuelo escénico de 10 min. Nosotros llegamos en un vuelo porque compramos un ’pass’ que tiene un precio cerrado y permite poner las islas que quieras siempre que no vuelvas a aterrizar en algún aeropuerto en el que ya hayas aterrizado.

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Nuestra primera impresión es que aquí todo es carísimo. La cesta de la compra en el supermercado puede llegar a valer el triple que en España. Los servicios como los taxis, restaurantes, etc. también muy caros. Por ello, al llegar al aeropuerto decidimos hacer dedo para ir a la casa de Airbnb que hemos reservado. Como vamos con todo el equipaje tardan algo en cogernos, pero al final unos jovencitos en un minicoche nos llevan. Un chico en su bici nos amenizó la espera.

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La tarde que llegamos hicimos poco más que unas compras en el supermercado y echarnos a dormir. Tenemos un cambio horario de 11 horas, y eso se nota muchísimo . Estos días nos acostamos muy pronto y nos levantamos sobre las 5 o las 6 de la mañana. El plan para el día entero es alquilar una scooter de 50cc y nos vamos a dar una vuelta alrededor de la isla. Por su aspecto nos trae muchos recuerdos de la isla Reunión, en el Índico, no muy lejos de Madagascar. Montañas relativamente altas con pendientes muy fuertes en las que crece una selva de árboles que no sabemos como se sujeta.

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En el lado norte en una zona entre dos marcadas bahías, sale una carretera hacia un mirador desde la que vemos plantaciones de piñas tropicales y una bonita vista de las bahías y la montaña que las separa.

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Al bajar a la costa entramos a un supermercado y en la salida nos encontramos a una persona muy peculiar. Tiene cara de hombre pero cuerpo de mujer, llevando una especie de sujetador. No se si nos equivocamos, pero creemos que se debe a una tradición polinesia en el que el primer hijo se espera que sea mujer, y si no lo es se le educa y viste como tal, haciendo este papel toda su vida. No es el primer hombre que vemos en este rol.

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Continuamos rodeando la primera bahía por estos paisajes que nos encantan.

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Hasta que llegamos a una playa pública en la que nos damos un buen baño y fotografiamos a los primeros peces de los muchos que encontraremos en estas islas.

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Continuamos nuestra vuelta, donde nos cae un chaparrón del que apenas nos pudimos guarecer, con la misma tónica de verdes montañas.

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La moto estaba alquilada por 24 horas y tenía que devolverla a las 7:30, pero como nos despertamos tan temprano, aprovecho para repetir alguno de los paisajes que el día anterior estaban nublados.

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Hoy tenemos solo medio día disponible, porque esta tarde volamos a la siguiente isla. Salvo en Bora Bora que tenemos 5 días, solo pasaremos un par de días en el resto de las islas que vamos a visitar. Para el medio día que tenemos hemos contratado la visita a un ‘Motu’ que es el nombre de las islas más pequeñas que se sitúan rodeando a la isla principal y que forman parte del mismo arrecife de coral. Este arrecife genera una zona de aguas poco profundas que es una especie de laguna de aguas verdes, turquesas, azules celestes y mil colores más, que aquí se conoce como ‘lagoon’. Y si la tierras de por aquí son bellas, los lagoons son increíbles.

Bueno, el caso es que esta mañana nos vamos a un pequeño motu llamado Motu Ahi en el que aparte de unas cabañas para cambiarse y descansar, se dedican a dar comida a los peces, lo que hace que a las horas de alimentación, las 11 y las 14:30 se arrime una cantidad enorme de peces, entre los que destacan pequeños tiburones de aleta de punta negra, que raramente superan los 1,5 m y rayas.

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Cuando nos metemos al agua vemos mucho coral y mucha vida a su alrededor.

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Una cosa que nos sorprende es que los peces no se asustan de las personas. Incluso una raya se deja tocar por Auxi.

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Cuando llega la hora de alimentar los peces todos estamos expectantes.

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Y efectivamente cuando empieza, es la locura, los peces acuden y se amontonan.

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El que los alimenta se agarra a la cabeza de una raya que lo lleva casi volando de un sitio a otro.

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Y por supuesto aparecen los tiburones.

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Pasan tan cerca que casi se pueden tocar.

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En fin, toda una experiencia. Sabemos que con los animales salvajes se debe intervenir lo menos posible, que se alteran sus pautas de comportamiento y que cuando se deja de alimentarlos es un problema porque su conducta va cambiando. Nos consolamos pensando en que la alimentación artificial es realmente pequeña, desde luego muy pocos kilos de sardinas, y que ninguno vive de lo que se le da, que deben seguir cazando, o al menos eso queremos creer ...

Como volamos poco después del mediodía, debemos dejar el motu. Su belleza no sólo está bajo el agua, sino también por encima.

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En el aire le damos el último adiós a la isla. A lo mejor es un hasta la vista …

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